miércoles, 7 de agosto de 2013

La seguridad en el México antiguo

Organización social de los aztecas.

   ¿Sabe usted cómo se garantizaba la seguridad pública en la sociedad azteca? Los cronistas de la época, entre ellos Francisco Hernández, autor de “Antigüedades de la Nueva España”, aseguran que, por principio de cuentas, ninguna vivienda de los aztecas, incluyendo los palacios de los próceres, tenía puertas ni ventanas. No eran necesarias. Ladrones, asesinos, violadores y malhechores en general no representaban una amenaza pública.
   “La ciudad de México tenía, cuando la ganó Cortés [1521], sesenta mil casas o más. Se veían fabricadas muy diestramente con piedras y vigas, templos, palacios reales y casas de próceres; las demás eran bajas, estrechas, y carecían todas de puertas y ventanas”, dice este autor.
   Y esto no sólo en la gran Tenochtitlan, sino también en el resto del imperio. Hernández menciona el caso de los edificios ubicados cerca del templo mayor de toda ciudad importante que recibían a las mujeres dedicadas al servicio de los dioses. “Era admirable –dice- la seguridad de aquella gente, que con las puertas abiertas pasaban el día y la noche sin la guardia de varón alguno, y no había quien se atreviera a ofender su pudor”.
   Igualmente, gobernantes y ricos solían adornar sus palacios con tapices de algodón de imágenes multiformes y colores variados, y también con plumas, esteras de palma y tapetes finísimos, además de contar con joyas y vajillas de gran valor. Estas mansiones se mantenían abiertas en todas sus entradas, con absoluta seguridad, “porque si algún ladrón por casualidad fuese encontrado, lo cual era raro y notable, era castigado de manera atroz”.

Las leyes aztecas fueron bastante disuasivas

   Según las leyes aztecas, si el objeto robado tenía poco valor, con la restitución bastaba, pero si era mayor, al ladrón lo reducían a la esclavitud, y si siendo esclavo reincidía, lo enviaban sin más trámite a la piedra de sacrificios, donde puesto de espaldas los sacerdotes le sacaban el corazón para ofrendarlo a los dioses.
   Por cierto que quien se robaba un esclavo, también era castigado con la muerte, “por impuro y sacrílego”, ya que usurpaba algo perteneciente a los dioses.
   El homicidio se castigaba invariablemente con la muerte.

Pena capital a jueces corruptos y defraudadores oficiales

   Al Senado Regio correspondía juzgar los pleitos, dar a cada uno lo suyo y castigar los crímenes. Lo formaban ancianos, nacidos de noble estirpe y honrados, amantes de lo equitativo y de lo recto, temerosos de los dioses y no impedidos por amistad alguna o perturbados por odios.
   Era costumbre rapar al juez o al senador, quienquiera que fuese, convicto de cohecho, o que recibiese regalos de los litigantes o de los reos. Así rapado, lo arrojaban con gran deshonra de su asiento como indigno del consorcio de tan gran Senado, una pena gravísima para él, “casi más grave y más atroz que la misma muerte, aun cuando al fin se le cortara la cabeza”, dice el cronista.
   Asimismo, en cada ciudad del imperio había recaudadores, a quienes se pagaban los tributos que debían ser remitidos sobre la marcha al ecónomo supremo con una cuenta formada de todas las cosas, por pequeñas que fueran, “porque si en algo defraudaban, estaban sujetos a la pena de muerte”.

   Educación, base de la tranquilidad y el orden público

  Aparte del rigor con que castigaba los crímenes, la sociedad azteca destacaba por su profunda acción educativa, tanto en el hogar como en la escuela, donde se inculcaba a niños y jóvenes el valor de la honradez y de las buenas costumbres. En cualquier ciudad importante había cuatro géneros de colegios para niños y niñas, dos para varones y dos para mujeres, consagrados a Quetzalcóatl.
   En esos colegios los niños aprendían a decir la verdad, a hablar con elocuencia, a saludar a los que se encontraban y a reverenciar a los mayores y a los viejos, en tanto que los padres inducían en la virtud a sus hijos e hijas, encauzándolos por la vida honesta y el estudio; les hablaban de cómo apartarse de los vicios, huir de la soberbia y de la pereza y evitar todo aquello que rebajara su honor. Asimismo, ensalzaban el pudor como admirable y muy precioso a los dioses y a los hombres.
Obra consultada: Francisco Hernández. Antigüedades de la Nueva España. Dastin, S.L. Madrid. 2003.
Imagen: Fundación Cultural Armella Spitalier en Facebook.

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